Es reiterado y sintomático. Encuesta a encuesta, el CIS confirma sin compasión que tras el paro, la segunda preocupación para los españoles es la de los políticos, algo que no hace tantos años era anecdótico para la ciudadanía, anteponiendo a preguntas de los encuestadores asuntos de enjundia como los económicos o de carácter social. ¿Por qué los votantes y no votantes lo perciben así? Es una pregunta que se deberían de hacer nuestros representantes con cierta frecuencia, admitiendo al tiempo y con humildad que están de paso, que no son otra cosa que portavoces de quienes les han elegido por un periodo de cuatro años. Si no tienen en cuenta -y me temo que no- su estado de interinidad gracias a millones de votantes, y tampoco se interpelan en cuanto a su pésima reputación, con toda seguridad la preocupación mutará a problema.
Una de las causas fundamentales de ese descrédito generalizado -aquí y en el resto del mundo- hunde sus raíces en la crisis financiera y económica mundial del 2008 y su torpe gestión. A esta calamidad que ha roto la vida de millones de habitantes, se añadió la ausencia de verdaderos y audaces líderes políticos que se atreviesen a atemperar a los inquietos poderes económico y financiero, al tiempo de acompañar a quienes no formamos las élites de los mercados, o sea, el 99% de los terrícolas. La consecuencia inmediata es el crecimiento espectacular de las extremas, con más ímpetu de la derecha.





