Hay unas cuantas particularidades que requieren un cierto análisis para comprender el puzzle que nos ha dejado el escrutinio. No obstante, y para mí lo más preocupante, es que España es definitivamente un país ingobernable, al estilo italiano. El imperfecto bipartidismo que dominó la escena nacional durante más de 30 años, ha dado paso al pluripartidismo, de forma y manera que hoy es casi imposible ver la meta al final de este enredo mayúsculo de siglas e intereses particulares que son los partidos -en su mayor parte más afanados en el futuro de sus dirigentes y personalidades cercanas que en el del bienestar del País, de la ciudadanía en resumidas cuentas-, y que, fundamentalmente, viene dado a partir de la pésima gestión por parte de la UE de una crisis económica, sin precedentes -en un puñado de naciones europeas también ocurre el mismo fenómeno de la inestabilidad-, insistiendo en políticas de austeridad que han hecho pupa en una buena parte de la clase media y especialmente en las capas más bajas, zarandeadas sin miramiento, con el fin de abundar casi exclusivamente en una política monetaria que salvaguardase la viabilidad de la moneda euro, dando como resultado una desigualdad insoportable que es al fin y a la postre el detonante para la búsqueda por parte de los potenciales electores de soluciones a sus problemas y que las formaciones clásicas han sido incapaces de dar, poniendo en práctica ese dicho de "busque, compare, y si encuentra algo mejor, compre".






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