viernes, 3 de febrero de 2017

La carcoma, el miedo...

                    (3 de febrero de 2017)


Decía Antonio Escohotado que "el conformismo es la forma moderna del pesimismo"; si bien, algunos años antes de Jesucristo, el mismo Cicerón decía: "la costumbre de decir sí me parece peligrosa y resbaladiza". Frases del tenor de "el hábito hace al monje", "el hombre es un animal de costumbres" o "hay que conformarse con lo que venga", me parecen a mí incompatibles con la condición de seres humanos libres que asumimos desde nuestro nacimiento. El conformismo va en contra del afán de superación, alienta las injusticias y colabora definitivamente en el amodorramiento, primero de la sociedad, y a continuación de las naciones.


     Cuando optamos por el silencio en lugar del compromiso, decidimos decir sí a todo y tragamos con carros y carretas, no hacemos otra cosa que afianzar la perpetuación y la capacidad de influencia por parte de personas que no se lo merecen y hasta pueden resultar nocivas, -sean políticos, famosos, empresarios o de cualquier otra condición- en el poder, en el mundo de la televisión, del dinero o de cualquier otra índole. 


    El conformismo ya está aquí y destruye como la carcoma. Nos conformamos con lo que tenemos. Por ejemplo con nuestro planeta, condenado a la muerte si no se remedia antes, por el poder depredador y contaminante de las empresas petroleras, capaces de influir hasta el extremo de arrinconar a las energías renovables, aunque todos terminemos sucumbiendo al cáncer. Admitimos con naturalidad los paraísos fiscales como algo inevitable, aunque quienes se aprovechan estén hurtándonos una buena parte del porvenir. Y nos conformamos con tener un país de personas mayores, cada vez con menos población, en el cual los jóvenes lo tienen muy difícil para emanciparse o formar una familia, entre otras cosas porque la reforma laboral de 2012 los condena a la incertidumbre y en muchos casos al ostracismo. Asumimos que España tenga más de 14 millones de ciudadanos en riesgo de exclusión social, o que 3 millones de niños no tengan suficiente alimento para llevarse a la boca, aceptando sin más que España sea el segundo país de Europa donde más ha crecido la desigualdad. Y apenas  clamamos ante injusticias como la de Madrid, donde se comerció con viviendas de protección oficial para venderlas a un fondo buitre, o que en Castilla La Mancha, no hace tantos años, la presidenta de entonces estuviera dispuesta a vender dos hospitales para pagar la deuda de la Comunidad. Incluso que ni nos inmutemos ante la cicatería del gobierno central para financiar el fármaco Sovaldi a los afectados por la hepatitis C. Ya ni siquiera hacemos caso a las puertas giratorias que siguen tan bien engrasadas desde hace años, sin llamarnos la atención el último beneficiario, el ex director de la Guardia Civil y mucho antes jardinero, el sr. Fernández de Mesa. Tampoco nos importa gran cosa el feo asunto de


la corrupción campando a sus anchas, carcomiendo poco a poco la credibilidad de las instituciones, incluida la Corona (todos son iguales, solemos decir), así que volvemos a votar (incluso muchos admiten que con la nariz tapada) a los mismos corruptos o a quienes la han consentido, de manera que poco importan unos SMSs vergonzantes de un presidente, los millones del fraude de los ERES, la corrupción sistemática en Valencia, Madrid o Cataluña, o las campañas electorales financiadas con dinero negro o dopadas, que se diría en deporte; y es porque el miedo está ahí, nos atenaza; el miedo es libre. Tenemos pavor al cambio, cuando lo más saludable es que las corruptelas se depuren en la oposición, como está ocurriendo en Valencia, algo que difícilmente, al menos en lo que atañe al esclarecimiento completo de los hechos delictivos, va a ocurrir en Andalucía, Madrid, Cataluña y por supuesto, a nivel nacional (no podemos olvidar que España, o "la Marca España", que dicen desde el Ejecutivo, se situó en enero de 2017 en su peor resultado histórico en cuanto a corrupción, ocupando el puesto 21 entre 32 países de Europa, justo por detrás de Eslovenia y Lituania, y en el 41 a nivel global, quedando situada entre Costa Rica y Brunei), ya que la capacidad para mover los resortes desde el poder se multiplican, teniendo opción de esconder y/o destruir pruebas).


   Nos conformamos con cuanto de malo y trágico les sucede a los refugiados que huyen de sus países, algo que haríamos nosotros de vivir en España si las condiciones fueran parecidas a las suyas. Asumimos sin rechistar que el mercado laboral es el que es; o el cumplimiento del déficit anual para preservar la macroeconomía y nuestra moneda única, a pesar del sufrimiento de los ciudadanos del Sur. Ni siquiera se nos ocurre la posibilidad de debatir en cuanto a un cambio sustancial del modelo productivo, si queremos que España se embarque al fin en una economía diversa y sostenible en el tiempo, de donde se destierren al fin las palabras estacionalidad y precario, buscando en todo momento el valor añadido.    

  

   Vivir en el conformismo me parece a mí la forma más perfecta de empobrecimiento. Si no nos atrevemos, habremos contribuido de manera definitiva al anquilosamiento de la actual sociedad. Vivir atenazados por la parálisis, sin duda favorecerá el resurgir de la intransigencia y quién sabe -espero que no- de los autoritarismos disfrazados de populistas. Aunque ahí está el vencedor sr. Trump para desmentirme, y quién sabe si la sra. Le Pen en Francia, o la extrema derecha en Alemania para más adelante, cuando se celebren elecciones en esos países.  

                            

                                                                     

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Las preguntas de la semana

  ¿Por qué nuestros sesudos políticos -de un color u otro, y lo resalto-, cuando están en la Oposición, tienen la fea costumbre de poner rep...