sábado, 7 de noviembre de 2015

La deriva catalanista

   Vaya por delante que lo que está a punto de ocurrir el próximo lunes día 9 en el Parlament, es decir: la aprobación de declaración para crear el Estado de Cataluña, no ocurriría si la CUP, el partido liderado por Antonio Baños, hubiera sido consecuente con las declaraciones hechas por algunos de sus dirigentes nada más concluir la jornada electoral del 27 de septiembre, o sea: algo parecido al fracaso, ya que los ciudadanos no habían legitimado el camino del independentismo a tenor de que un 52% de los votantes no habían optado por las formaciones que abogan por el camino de la ruptura. Así que a la ilegalidad de una declaración unilateral de desconexión con el resto de España se añade el uso torticero y más dramático aún de hacer creer a la ciudadanía catalana que al tener la mayoría de escaños -caprichos de la ley D'Hondt-, no así el de votos, en torno al 48%, son ellos el instrumento catalizador para amalgamar al pueblo catalán en una novedosa realidad identitaria. Desde luego suena a divorcio del estado español, pero a mí me parece más dramática la escisión que se puede crear en la propia Cataluña.

  Claro que nada de todo esto estaría ocurriendo si hubiera imperado el sentido común desde el principio entre los políticos que rigen nuestros destinos, aquí y allá. Una crisis, y más de carácter territorial e identitario, no surge por generación espontánea, pues se va larvando con el paso del tiempo. En mi modesta opinión hay un desconocimiento generalizado de la realidad catalana, como ocurre con la vasca. Mirar para otro lado porque no se entienden algunas posiciones que divergen con una conciencia nacional, es ir levantando un muro de incomprensiones que no se explica en una nación como España, hecha de territorios diversos y hasta opuestos que no se pueden ni deben uniformar. Craso error es creer en una España única.

  En 2004 se comienza a tramitar el nuevo estatuto catalán, como por otra parte se estaba haciendo con los de otras autonomías. En 2006 se aprueba por mayoría en las Cortes Generales, como ocurre posteriormente en el Parlament de Catalunya. Finalmente, el pueblo catalán lo refrenda por amplísima mayoría ese mismo año. Pero ya por entonces, a instancias del sr. Rajoy, el PP se había puesto en marcha para recabar las firmas necesarias que legitimasen su posición en contra del recién estrenado estatuto catalán. Así que ese mismo año presentan el recurso de inconstitucionalidad ante el Tribunal. Lo curioso y lacerante del caso, es que alguno de los 114 artículos recurridos sobre los 223 totales, coincidían con alguno de otros estatutos, como por ejemplo el tramitado en Valencia por el PP regional, sin que el de Levante se recurriese al Constitucional. Éste falló el 28 de junio de 2010 en contra de 14 de los artículos impugnados, entre ellos el del preámbulo del estatuto al decir que "carece de eficacia jurídica el término de Cataluña como nación o realidad nacional de Cataluña". A partir de ahí y tras el bofetón desde Madrid, los partidarios del independentismo toman definitivamente las riendas del proceso.

  El daño ya estaba hecho. En lugar de tratar de llegar a acuerdos mediante el diálogo para enfriar el ambiente encrespado, el PP nacional fue echando más leña al fuego, incrementando el tamaño de la hoguera y el crecimiento incesante de independentistas a la vez que aumentaba la animadversión de muchos catalanes hacia el resto de España. Muy al contrario de lo que cabía esperar al llegar al Gobierno, el sr. Rajoy, que tenía los resortes y la legitimidad de su mayoría absoluta para allanar la brecha,  optó por su papel favorito, es decir, el de esperar sin mover un dedo hasta que ¿escampa la lluvia?

  Bien es cierto que para que el lamentable espectáculo se llevara a cabo se necesitaba la colaboración indispensable de un político tan particular como el sr. Mas y su partido CDC, formación lastrada por la corrupción que se prolonga a lo largo de más de 20 años con su financiación ilegal a través de las famosas mordidas del 3% a cambio de la concesión de obra pública a a las empresas corrompidas. Me atrevo a pensar (tal vez solo sea una ocurrencia) que el President no se hubiera echado en manos del resto de partidos independentistas, de izquierdas casi todos, de no estar atosigado por la indigestión de corruptelas que le persigue, ni por la política económica y social que tiene a su comunidad al borde del colapso. Mientras se habla de independentismo y de la identidad catalana, se hace abstracción de asuntos como el de la vida presente de sus representados o el escándalo que supone que el sr. Pujol fuera el cerebro de una familia presuntamente organizada para delinquir.

  No nos engañemos. Al sr. Mas le viene de perlas esta disputa a cuenta de lo que debe de ser Cataluña a partir del lunes. Y al sr. Rajoy le viene como anillo al dedo el desafío catalán, ya que ahora se ha puesto el traje de hombre de estado "mientras yo sea el presidente Cataluña seguirá siendo española", y para ello ha convocado a los líderes de los principales partidos en la Oposición, algo que no hizo durante 4 años. Eso sí, se resuelva por lo civil o lo militar el conflicto, que no lo olvide el sr. Rajoy, si vuelve a ser reelegido presidente, el tema catalán seguirá existiendo más allá del 20 de diciembre, no entenderlo así sería tirar más piedras contra su propio tejado. Otros 4 años de inacción pueden volverse un terremoto. Hay que dialogar, dialogar y dialogar, y si es preciso, que parece que sí, reformar la Constitución. ¿No se hizo ya en una noche y sin que los españoles nos enteráramos en el momento de la firma del acuerdo?

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